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Todas las formas de llegar al mundo

Rocio Lozano
4 oct
3 min de lectura

Hay algo profundamente extraordinario en un parto. No importa cuántas veces haya ocurrido en la historia de la humanidad ni cuántos bebés nazcan cada día: cada nacimiento sigue siendo un milagro. Durante meses, una vida que existía escondida dentro de otra cruza, de pronto, una frontera. Hay un antes y un después. Un segundo en el que un hijo todavía pertenece al misterio del vientre de su madre y otro en el que, por primera vez, respira el mismo aire que ella.


El parto es, literalmente, la puerta de entrada a este mundo.

Y, sin embargo, no existe una sola manera de atravesarla.



Hay bebés que nacen en casa, rodeados de silencio, luz tenue y pocas personas. Otros llegan bajo las luces blancas de un quirófano. Algunos nacen después de horas de trabajo de parto; otros, mediante una cesárea programada. Hay mujeres que paren en agua, mujeres que utilizan epidural y mujeres que deciden no utilizar anestesia. Hay partos acompañados por doulas, parteras y médicos. Hay nacimientos que suceden exactamente como fueron soñados y otros en los que, en cuestión de minutos, todos los planes tienen que cambiar.


Pero todos tienen algo en común: al final de ellos, alguien llega al mundo.


Últimamente hemos comenzado a hablar mucho más del parto humanizado. De respetar los tiempos de la mujer, permitirle moverse, decidir, estar acompañada, evitar intervenciones innecesarias, favorecer el contacto piel con piel y hacerla protagonista de su propio parto. No sé si llamarlo una tendencia, una moda o, quizá mejor, la recuperación de algo que durante mucho tiempo habíamos olvidado: que una mujer que está dando a luz no es únicamente una paciente, sino una persona viviendo uno de los acontecimientos más importantes de su vida. Y me parece maravilloso.


El problema comienza cuando, intentando devolverle humanidad al nacimiento, terminamos creando una nueva medida para juzgar a las madres.

Yo misma lo viví.


Después de mi parto escuché comentarios de amigas que, quizá sin intención de herirme, parecían restarle mérito a mi experiencia porque no había sido “100 % natural”. Había utilizado anestesia. Como si soportar más dolor hubiera hecho mi parto más verdadero. Como si existiera una especie de medalla invisible reservada para aquellas mujeres que logran dar a luz sin intervención, sin epidural, sin cesárea, sin desviarse del plan.

Y entonces me pregunté: ¿desde cuándo el nacimiento de un hijo se convirtió en una competencia? No debería haber un podio en la maternidad.


Un parto sin anestesia no hace a una mujer más madre. Una cesárea no hace a otra menos valiente. Pedir una epidural no significa fracasar. Necesitar una intervención médica no borra todo lo que el cuerpo atravesó para llegar hasta ahí. Tampoco elegir un parto en casa hace a una mujer mejor que quien se siente segura dentro de un hospital. Podemos defender una atención más humana, respetuosa e informada sin convertir determinadas formas de nacer en una categoría moral.


Porque además, el vínculo con nuestros hijos no se decide en esos minutos. No está determinado por el lugar donde nacieron, por la vía por la que llegaron, por cuántas horas duró el trabajo de parto ni por si hubo anestesia. El vínculo se construye después. En los brazos que lo reciben. En las noches sin dormir. En las veces que consolamos un llanto. En alimentar, cuidar, conocer, acompañar. En aprender poco a poco quién es esa persona que acaba de llegar al mundo. El amor de una madre no se mide por cuánto sufrió para traer a su hijo al mundo. Quizá por eso necesitamos recuperar algo todavía más importante que cualquier discusión sobre la manera correcta de parir: la hermandad entre mujeres.


Necesitamos volver a mirarnos sin estar calificando nuestras experiencias. Poder escuchar a una mujer decir “tuve una cesárea” sin responderle que debería haber intentado otra cosa. Escuchar “quise epidural” sin hablarle de lo que habría sido “más natural” o sin decirle que seguro la convencieron sus doctores sin ser necesario . Escuchar “parí en casa” sin ridiculizar su decisión. Y escuchar a quien diga “mi parto no salió como quería” sin apresurarnos a explicarle por qué debería estar agradecida.


A veces acompañar significa simplemente reconocer: esa fue tu historia, y merece ser respetada. Porque detrás de cada nacimiento hay una mujer con un cuerpo distinto, una historia distinta, circunstancias, miedos y decisiones distintas. Y detrás de cada parto hay algo inmenso que debería unirnos mucho más de lo que podría dividirnos: una persona que no estaba en el mundo y que, de pronto, está aquí.


Tal vez deberíamos dejar de preguntarnos cuál es la mejor manera de nacer y empezar a maravillarnos un poco más ante el hecho mismo de hacerlo. Porque algunos llegan entre velas y música. Otros entre médicos y monitores. Algunos después de un último pujo. Otros detrás de una cortina de quirófano.


Pero todos, absolutamente todos, protagonizan el mismo milagro:

la vida abriéndose paso para entrar al mundo.


 
 
 

2 comentarios

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Invitado
06 oct
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Bravooooo

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Invitado
06 oct
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Wow! Qué reflexión!

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