Lo que un libro se lleva de ti

Hay un momento muy específico justo después de cerrar la última página de un libro, en el que uno no sabe muy bien qué hacer consigo mismo. No es tristeza exactamente, ni alegría por haber terminado. Es más como quedarse detenido en un cuarto que hace un segundo tenía muebles y ya no los tiene. El libro se acabó, pero uno sigue ahí, todavía dentro de él por unos minutos más, sin querer del todo salir. Al menos ese sentimiento me invade cada vez que termino alguno.
Soy un apasionado de la lectura y ahora lo soy de la escritura. En los años que tengo prisionero de este hermoso hobby, he notado que los mejores libros no te sueltan cuando terminas de leerlos, te sueltan un rato después, cuando ya deberías de estar pensando en otra cosa. Regresas a la normalidad de tu vida, manejando, cocinando, en el trabajo, y de repente ahí está un personaje, una decisión, una frase que el autor dejó y te llegó a los huesos. El libro terminó en la última página, pero no terminó en ti. Ese lo sigues cargando, algo de él se queda impregnado a ti y lo llevarás contigo siempre.
En este punto es preciso separar lo que distingue una buena historia de una que te entretiene. Una historia que entretiene te acompaña mientras dura. Una historia que de verdad funciona te cambia la velocidad a la que procesas algo tuyo. Terminas un libro sobre un detective que no pudo soltar un caso, y sin darte cuenta empiezas a mirar tus propios pendientes de otra forma. Me pasó algo muy particular con el libro “En plena noche” del gran Mikel Santiago, la historia me atrapó tanto que sigo esperando conocer más de los personajes, qué pasa después. El escritor logra transmitir ese sentimiento y necesidad de querer más.
Realmente los escritores hacen magia cuando logran transmitirnos ese sentido de pertenencia. Cuando logran que traspasemos las páginas y nos involucremos en las historias. De eso se trata ¿no? Por eso leemos, para conocer nuevos mundos y hacerlos parte de nosotros.
Hay libros que se van rápido, como visitas cortas. En cambio, hay otros que se quedan meses. Libros que se meten de lleno a nuestro corazón y alquilan un espacio ahí. Libros que encuentran un espacio vacío y se instalan sin permiso. A veces pienso que uno no escoge los libros que lee. No, creo que ellos nos eligen a nosotros. Creo que los libros son tan sabios que saben el momento preciso para llegar a nuestras vidas. Hay algunos que devoramos en días, pero que se quedan para siempre, así como existen otros que tardamos meses en terminar y se van sin dejar un rastro.
Conforme fui sumergiéndome más en la lectura, comprendí que no es que los libros se lleven algo de nosotros, sino que nosotros nos quedamos con algo de ellos. Un libro siempre es un buen compañero para todo momento. Por eso ahora sumo mi granito de arena desde mi trinchera y escribo, y también los invito a seguir leyendo. Espero que algún día alguien termine alguno de mis libros y se quede un rato en ese mismo cuarto vacío, sintiendo que algo se movió, aunque no sepa mencionar qué. Entonces sé que habrá valido la pena.



Comentarios