La tercera presencia
(Relato psicológico)

Bruno pasó todo el día trapeando un piso con baldosas de segunda mano que había conseguido de oferta en un local que estaba en liquidación. Las había elegido una por una, distintas entre sí, porque eran lo único que se podía pagar sin que se notara demasiado. Ya se había encontrado con Milena, pero era la primera vez que la invitaba a su departamento.
Ella llegó con una botella de vino que Bruno no supo si abrir antes o después de la comida, y terminó abriéndola antes, por las dudas. Se sentaron a la mesa que Bruno había limpiado dos veces, y Milena miró alrededor con esa curiosidad breve de quien evalúa un lugar nuevo.
—Está lindo —dijo, y agarró el tenedor.
—Gracias. Lo fui armando de a poco.
Bruno sirvió el pollo. Milena probó un bocado y asintió, con la boca todavía llena.
—Está muy rico esto. ¿Cocinás seguido?
—Algo. Lo básico.
—Yo no tengo paciencia. Mi ex sí cocinaba, todo el tiempo, menos postres. Una vez se le ocurrió hacerme una torta para mi cumpleaños y fue un desastre. Ni un huevo frito le salía bien si tenía azúcar cerca. Nos reímos como una hora.
Bruno se lo imaginó parado frente a un horno, con las manos llenas de harina, sin entender bien qué había hecho mal.
—¿Y seguía intentando, después de eso?
—Todos los días, con algo. Era terco para esas cosas.
Comieron un momento sin hablar. Afuera pasó un colectivo y el vaso de Milena tembló apenas con el ruido.
—¿Siempre es así de silencioso acá? —preguntó ella.
—Casi siempre. Al principio no lo podía creer.
Milena miró hacia el estante detrás de él, donde había unos vinilos apoyados contra la pared.
—¿Ese es de Pink Floyd? ¿Te gusta?
—Bastante. Lo escucho para dormir.
—A mí me gusta, pero menos de lo que debería, supongo. Mi ex era músico. Tocaba todos los días, mal, la verdad, pero tocaba, como si eso lo arreglara.
—¿Arreglar qué?
—No sé. Lo que sea. Era bueno para eso, en realidad, para insistir con las cosas hasta que le salían. El departamento que tuvimos lo decoró él solo, tenía mejor ojo que yo para esas cosas.
Bruno pensó, sin querer, en unas manos moviendo muebles, probando un cuadro en distintas paredes hasta encontrar la correcta.
Milena se sirvió más pollo y preguntó si tenía sal, y hablaron un rato de nada, del verano que se venía, del calor que hacía en el departamento de ella.
—Vos no sos mucho de hacer ejercicio, ¿no? —dijo Milena, casi al pasar.
Bruno tardó un segundo en contestar.
—No mucho, la verdad.
—Mi ex se mataba en el gimnasio, usaba cremas y todo. Para él, el cuerpo era sagrado.
Bruno se lo imaginó por un momento, musculoso, levantando pesas frente a un espejo.
—Ah, mirá vos —respondió luego.
—Sí, además usaba casi siempre musculosas, la verdad le quedaban perfectas.
Algo en Bruno ya lo tenía puesto ahí: en musculosa, decorando el departamento con la remera húmeda.
—¿Y a qué se dedicaba? —preguntó luego.
—Trabajaba de modelo para una importante firma de calzoncillos.
—Interesante —respondió, y se sirvió otra copa de vino.
—¿Y hace cuánto que no están juntos? —preguntó Bruno, más que nada por decir algo.
—Como ocho meses. Aunque la verdad seguimos hablando bastante.
Bruno asintió y se sirvió un poco más de vino. Ya lo veía en la puerta de un gimnasio, sin remera, secándose con una toalla mientras alguien le sacaba una foto para un catálogo.
—¿Y por qué terminaron, si se puede saber?
—Ah, viste cómo es. Uno se cansa. Él viajaba mucho por los trabajos, siempre estaba en otro lado.
—Debe ser difícil.
—Un poco. Igual siempre se acordaba de traerme algo. Una vez volvió de Brasil con un vino carísimo, de esos que ni se consiguen acá.
Bruno miró la botella que Milena había traído, todavía con la etiqueta puesta, y pensó que ni siquiera sabía si era buena o no.
—Qué lindo gesto —dijo.
—Sí. Después lo tomamos juntos, viendo una película que había filmado él, en realidad, un corto para una marca. Salía él solo, corriendo por una playa. Quedó buenísimo.
Bruno no pudo evitar verlo: el cuerpo perfecto recortado contra el agua, la cámara siguiéndolo sin esfuerzo, como si el mundo entero estuviera de acuerdo en filmarlo bien.
—¿Y actuaba, además?
—Un poco. Le ofrecieron un papel en una serie, pero lo rechazó. Decía que prefería estar tranquilo.
—Tranquilo.
—Sí, aunque no sé, la verdad nunca lo vi tranquilo. Siempre haciendo algo. Ah, pero dejaba toda la ropa tirada, eso sí. Un desastre para eso.
—Bueno, algo tenía que tener.
—Sí, supongo.
Milena se quedó un momento mirando la copa, como acordándose de algo.
—Lo loco es que con toda esa vida de modelo, viajes, fotos, nunca se le subió a la cabeza. En un momento donó como todo un sueldo, entero, a un hogar de chicos. Ni lo pensó.
—¿Un sueldo entero?
—Sí. Decía que no necesitaba tanto para vivir. Y todos los meses, sobre todo en invierno, salía a repartir comida y abrigo a gente en situación de calle. Se compraba él las cosas, las llevaba en la moto.
Bruno lo tenía ahí, manejando de noche, con el frío marcándole la cara, buscando gente debajo de un puente, entregando algo caliente con esas mismas manos que decoraban departamentos y tocaban la guitarra.
—Qué generoso —dijo, sin mucha convicción.
—Sí, era bastante especial en eso. Nunca lo contaba, encima. Me enteraba por otros.
—Modesto, encima —repitió Bruno, casi riéndose él también, aunque no tenía muchas ganas.
Milena se rió.
—No, la verdad no. Yo se lo sacaba con pinzas.
Bruno se quedó un momento callado, mirando el pollo que le quedaba en el plato, pensando que ni siquiera había ido nunca a dar una vuelta con una bolsa de ropa vieja para nadie.
—Che, ¿y vos hacés algo así, alguna vez? —preguntó ella, casi al pasar, mientras cortaba otro pedazo de pollo.
Bruno tardó un segundo en contestar.
—Alguna vez ayudé a un vecino a bajar unas cajas. Pesaban bastante.
Milena asintió, con la boca llena, sin registrar del todo la respuesta, y siguió comiendo.
—Igual no sé, a veces pienso que exagero cuando hablo de él —dijo Milena, sirviéndose un poco más de vino—. Como que lo hago sonar perfecto y seguro no lo era tanto.
—No, va bien. Contá nomás.
—Es que encima era gracioso. No de chistes armados, sino de esas cosas que decía en el momento. Una vez se cayó bajando del auto, se golpeó feo el codo, y lo primero que dijo fue "bueno, ahí quedó el codo, hagamos un minuto de silencio".
Bruno sonrió, esta vez sin mucho esfuerzo, y se lo figuró en el piso, riéndose de su propio dolor mientras alguien lo ayudaba a levantarse.
—Tiene gracia, sí.
—Vos también sos gracioso, a tu manera —dijo Milena, y le sonrió.
—¿A mi manera?
—Sí, más calladito. Como que uno se da cuenta después.
Bruno no supo bien si eso era un cumplido o una forma amable de decir otra cosa, así que se limitó a servirse él también un poco más de vino.
—¿Y hace cuánto que no salís con nadie? —preguntó ella, cambiando el tono, más liviana.
—Un tiempo. No mucho, tampoco.
—Yo tampoco. Aunque la verdad después de él cualquiera te parece poca cosa, al principio, viste.
Bruno bajó la vista al plato.
—Me imagino.
—Pero bueno, uno se acostumbra —dijo Milena, y le tocó la mano un segundo, como restándole peso a la frase—. No es que ande comparando todo el tiempo.
—Ajá.
—Es en serio.
Bruno asintió, sin decir nada, y en eso sonó el celular de Milena sobre la mesa, vibrando contra la madera.
Ella miró la pantalla y algo le cambió en la cara, apenas, como quien se acomoda antes de una foto.
—Perdón, es él. ¿Te puedo pedir un segundo, en privado?
—Sí, obvio.
Milena se levantó y salió al balcón, cerrando la puerta corrediza detrás de ella. Bruno se quedó en la mesa, mirando el pollo frío, tratando de no mirar hacia el vidrio y mirando igual. La vio hablar, reírse una vez, después ponerse seria, después reírse de nuevo.
Cuando volvió a entrar, ya tenía la cartera en la mano.
—Perdón, se complicó algo, tengo que ir a resolverlo. Estuvo buenísimo esto, en serio.
—Ah. Bueno, dale.
Le dio un beso rápido, distraído, y se fue.
Bruno se quedó parado en la puerta un rato después de que el ascensor bajara. Volvió a la mesa, se sirvió lo que quedaba del vino de Milena, y se la imaginó bajando a la calle, subiéndose a una moto donde el ex la esperaba con la musculosa puesta, el cuerpo recortado contra la luz de un farol como si todavía lo estuvieran filmando. Milena se abrazaba fuerte a su espalda, y él arrancaba sin apuro, como alguien que nunca tuvo que apurarse por nada.
Bruno se quedó un rato más sentado, con el plato de pollo frío todavía servido enfrente, y el vaso de Milena con la marca de sus labios en el borde. Miró el piso, las baldosas desparejas que había ido acomodando una por una para que no se notara la diferencia entre ellas, y pensó que a él esa diferencia siempre se le iba a notar.



Comentarios