En piloto automático
¿En qué momento dejamos de hacer las cosas y comenzamos a esperar que todo se hiciera por nosotros?

Hay algo profundamente contradictorio en nuestra época. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para facilitarnos la vida y, sin embargo, parece que cada vez tenemos menos paciencia para vivirla. Queremos que todo sea rápido, inmediato, sencillo y, de preferencia, que no nos exija demasiado esfuerzo. Nos desespera esperar, nos incomoda el silencio y nos aburre aquello que no produce una recompensa instantánea. Hemos normalizado vivir en automático.
Nos despertamos y, antes de ser plenamente conscientes de que ha comenzado un nuevo día, ya tenemos el teléfono en la mano. Deslizamos el dedo por una pantalla sin buscar nada en particular, abrimos aplicaciones por costumbre, revisamos notificaciones que no esperábamos y consumimos información que probablemente olvidaremos cinco minutos después. No siempre hay una intención detrás de nuestras acciones. Simplemente las hacemos.
Y eso es precisamente lo inquietante: la facilidad con la que hemos comenzado a actuar sin decidir.
La tecnología ha conseguido algo extraordinario: reducir el tiempo y el esfuerzo necesarios para realizar innumerables actividades. Hoy podemos comprar sin salir de casa, encontrar una respuesta en segundos, comunicarnos con alguien al otro lado del mundo y resolver problemas que antes nos tomaban horas. Sería absurdo negar sus beneficios. El problema comienza cuando confundimos la comodidad con el progreso humano y asumimos que todo aquello que requiere esfuerzo debe ser eliminado.
Nos hemos acostumbrado tanto a la inmediatez que cualquier experiencia que nos obliga a esperar parece un defecto del sistema. Un video que tarda en cargar, una respuesta que no llega, una página que no abre inmediatamente. Todo nos desespera. La paciencia, que alguna vez fue considerada una virtud, parece haberse convertido en una molestia.
Y quizá lo más preocupante no sea lo que nos está sucediendo a nosotros, sino lo que estamos enseñando a quienes vienen detrás.
Basta con entrar a una juguetería para observar una curiosa contradicción. Durante años hemos fabricado juguetes cada vez más sofisticados: luces, sonidos, botones, pantallas, movimientos automáticos, canciones y voces que felicitan al niño por cualquier acción. Juguetes que hablan, caminan, cantan y prácticamente juegan solos.
Después de llenar la infancia de estímulos, resulta que ahora estamos redescubriendo las maravillas de los juguetes de madera, las telas, los bloques, las figuras sencillas y los objetos que no necesitan baterías. Aquello que durante décadas parecía anticuado vuelve a presentarse como una innovación educativa.
Qué curioso: hemos tenido que poner de moda lo viejo para recordar el valor de lo sencillo.
Y no es que un juguete electrónico sea necesariamente perjudicial, ni que la madera tenga propiedades mágicas. La diferencia está en lo que le pedimos hacer al niño. Un juguete que ofrece todas las respuestas puede dejar menos espacio para que el niño invente sus propias preguntas. Un bloque de madera no hace demasiado por sí solo: necesita que alguien imagine que es un edificio, un automóvil, una montaña o un castillo.
El niño tiene que hacer algo con él. Tiene que imaginar, decidir, intentar, equivocarse y volver a comenzar. Hay una diferencia enorme entre entretener a un niño y permitirle jugar. El entretenimiento puede venir completamente preparado; el juego, en cambio, muchas veces necesita que el niño sea su propio creador.
Pero ¿cómo vamos a pedirles a los niños que toleren el aburrimiento si nosotros, los adultos, somos los primeros en huir de él?
Nos escandaliza ver a una persona sentada durante horas frente a una máquina traga monedas. Observamos cómo presiona botones una y otra vez, esperando que la siguiente jugada le entregue una recompensa. Nos parece triste, absurdo y hasta preocupante que alguien pueda permanecer atrapado en esa repetición.
Ahora imaginemos a una persona sentada durante una hora frente a TikTok o Instagram. Desliza el dedo una y otra vez. Un video, otro video, otro video. No sabe qué aparecerá después, pero continúa porque quizá el siguiente sea más interesante, más divertido o más sorprendente.
¿Realmente son comportamientos tan distintos?
Por supuesto, las apuestas implican riesgos económicos y mecanismos específicos que no deben confundirse con el uso de redes sociales. Sin embargo, ambas experiencias pueden aprovechar un principio psicológico semejante: la expectativa de una recompensa impredecible.
No sabemos cuándo aparecerá algo que nos interese, así que seguimos buscando.
Y seguimos.
Y seguimos.
La diferencia es que a las máquinas tragamonedas las hemos encerrado en casinos, mientras que otras formas de estimulación interminable las llevamos voluntariamente en el bolsillo.
Hemos convertido el entretenimiento en una actividad que ya no necesita nuestra participación consciente. Antes, para escuchar una canción, había que buscarla; para conocer una historia, había que leerla o escucharla; para encontrar una respuesta, muchas veces había que investigar. Hoy los algoritmos pueden decidir qué veremos, qué escucharemos y qué consumiremos después.
Ya ni siquiera necesitamos elegir lo siguiente. Alguien, o algo, lo hace por nosotros.
Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿qué sucede con nuestra voluntad cuando dejamos de ejercitarla?
La voluntad no desaparece simplemente por utilizar tecnología. Pero, como tantas capacidades humanas, necesita oportunidades para desarrollarse. Requiere aprender a esperar, sostener la atención, renunciar a una satisfacción inmediata y hacer aquello que consideramos valioso incluso cuando no resulta especialmente entretenido.
Si diseñamos una vida en la que todo obstáculo se elimina, toda espera se acorta y todo aburrimiento se resuelve con una pantalla, corremos el riesgo de volvernos cada vez menos tolerantes a las experiencias que exigen perseverancia.
Y la vida real, por mucho que nos empeñemos, no funciona con un botón de reproducción automática.
Las relaciones humanas requieren tiempo. Aprender requiere esfuerzo. Educar a un hijo exige paciencia. Leer un libro demanda concentración. Construir un proyecto implica atravesar momentos de frustración. Amar, trabajar, estudiar y madurar son actividades que no siempre ofrecen recompensas inmediatas. No todo puede acelerarse.
Tal vez por eso resulte tan contradictorio que, mientras la tecnología avanza a velocidades extraordinarias, nosotros tengamos que comenzar a recuperar habilidades que antes parecían elementales: conversar sin mirar el teléfono, comer sin una pantalla enfrente, caminar sin escuchar algo, esperar sin distraernos y estar solos sin sentir la urgencia de llenar cada segundo.
Incluso hemos comenzado a comercializar el regreso a lo básico. Pagamos por experiencias de desconexión, compramos juguetes minimalistas, buscamos retiros sin tecnología y descargamos aplicaciones para ayudarnos a dejar de utilizar otras aplicaciones.
Es difícil imaginar una ironía más representativa de nuestro tiempo.
No creo que la solución sea rechazar la tecnología ni idealizar un pasado que también tenía sus propios problemas. Sería ingenuo pensar que todo tiempo anterior fue mejor. La tecnología nos ha permitido avances médicos, científicos, educativos y sociales extraordinarios.
Pero una herramienta deja de ser verdaderamente útil cuando comenzamos a perder la libertad de decidir cómo utilizarla.
Quizá el problema no sea que las máquinas estén aprendiendo a hacer cada vez más cosas, sino que nosotros estemos acostumbrándonos a hacer cada vez menos.
A veces imagino cómo nos observarán dentro de cien años. Tal vez les parecerá extraña una generación que caminaba mirando hacia abajo, con la espalda encorvada, los ojos fijos en pequeñas pantallas y los dedos repitiendo movimientos durante horas. Una generación que tenía acceso a cantidades inimaginables de información, pero que encontraba cada vez más difícil permanecer concentrada en una sola cosa.
Sería una paradoja terrible: tener todo el conocimiento del mundo al alcance de la mano y perder la costumbre de detenernos a pensar.
No estamos condenados a terminar jorobados, distraídos y dependientes de las pantallas. Pero tampoco podemos asumir que el progreso tecnológico garantiza, por sí mismo, el progreso humano.
Porque avanzar no siempre significa mejorar. Y hacer las cosas más rápido no necesariamente significa hacerlas mejor.
Tal vez el verdadero desafío de nuestra generación no sea aprender a utilizar las nuevas tecnologías, sino aprender a conservar nuestra voluntad en un mundo que cada vez necesita menos de ella.
Y quizá, antes de preguntarnos qué más podemos automatizar, deberíamos preguntarnos qué cosas vale la pena seguir haciendo nosotros mismos.



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