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Crecer no siempre significa dejar atrás la infancia

Olga Fernández Txasko
6 oct
5 min de lectura

Cómo las estrategias que un día nos protegieron pueden seguir influyendo en nuestra forma de amar, trabajar y criar.



Crecer no siempre significa dejar atrás la infancia. A veces solo aprendemos a esconderla mejor.  La llevamos al trabajo cuando sentimos que debemos demostrar constantemente nuestro valor. Aparece en nuestras relaciones cuando confundimos amor con aguantar, cuando evitamos decir lo que necesitamos por miedo al rechazo o cuando interpretamos cualquier distancia como abandono. También puede acompañarnos en la crianza, cuando el temor a repetir nuestra propia historia nos lleva a sobreproteger, controlar o exigirnos ser madres y padres perfectos. 


Pensamos que estamos decidiendo como personas adultas, pero, en determinadas situaciones, puede seguir reaccionando aquella parte de nosotros que aprendió muy pronto qué debía hacer para sentirse querida, aceptada o a salvo.  No porque haya algo roto en nosotros.  Sino porque aprendimos a sobrevivir con los recursos que teníamos. 


Lo que aprendimos para sentirnos a salvo 


Durante la infancia no solo aprendemos a caminar, hablar o relacionarnos. También aprendemos a interpretar el mundo y nuestro lugar dentro de él.  Una niña puede aprender que, para recibir afecto, debe portarse bien, no molestar y anticiparse a las necesidades de los demás. Un niño puede descubrir que mostrar tristeza provoca burlas y decidir que nunca volverá a parecer vulnerable. Otra persona quizá crezca pendiente del estado de ánimo de quienes la rodean porque saber si alguien estaba enfadado le permitía anticiparse y protegerse. 


Así vamos desarrollando diferentes estrategias: complacer, callar, controlar, esforzarnos en exceso, desconectarnos de lo que sentimos o permanecer siempre alerta. 

En aquel momento tenían sentido. No eran defectos de carácter, sino formas de adaptación.


El problema aparece cuando seguimos utilizando las mismas respuestas mucho después de que las circunstancias hayan cambiado.  Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos explican que determinadas experiencias adversas durante la infancia pueden afectar al bienestar, a las relaciones y a las oportunidades a lo largo de la vida. Sin embargo, hablar de esta influencia no significa afirmar que el pasado determine inevitablemente nuestro futuro. 


Las experiencias no afectan de la misma manera a todas las personas. La existencia de vínculos seguros, figuras de apoyo y otros factores de protección puede marcar una diferencia importante.


Cuando la protección se convierte en patrón 


La persona que aprendió a no dar problemas puede convertirse en alguien incapaz de pedir ayuda. Quien recibió reconocimiento principalmente por sus resultados puede crecer creyendo que su valor depende de lo que consigue. Quien tuvo que vivir pendiente de los cambios emocionales de otras personas puede llegar a la edad adulta intentando analizar cada gesto, silencio o mensaje. 


Aquello que comenzó como protección puede terminar convirtiéndose en una limitación. 

En el trabajo puede manifestarse como autoexigencia, perfeccionismo o dificultad para poner límites. En las relaciones, como miedo al abandono, necesidad de aprobación o tendencia a tolerar comportamientos que producen daño. En la crianza puede transformarse en sobreprotección, culpa o miedo constante a equivocarnos. 


Muchas personas saben racionalmente que no deberían reaccionar así. Han leído, reflexionado y comprendido el origen de su comportamiento. Sin embargo, cuando aparece una situación que activa el miedo, vuelven a responder de la manera conocida.  Esto sucede porque comprender intelectualmente un patrón no siempre basta para modificarlo. 


El Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard señala que una activación intensa o prolongada de la respuesta al estrés durante la infancia puede influir en el desarrollo y en la manera en que el organismo responde posteriormente a situaciones percibidas como amenazantes. Por eso, en ocasiones, no reaccionamos únicamente ante lo que está sucediendo en el presente. También respondemos desde lo que nuestro cuerpo y nuestra mente aprendieron a esperar.


Comprender no significa culpabilizar 


Hablar de las heridas de la infancia suele generar una objeción: «¿Ahora todo es culpa de los padres?».


Pero comprender nuestra historia no consiste en sentar a nadie en el banquillo. 

Muchas madres, padres y otras figuras de cuidado hicieron lo que pudieron con los recursos emocionales, culturales y económicos de los que disponían. A su vez, también cargaban con sus propias historias. 


Reconocerlo puede ayudarnos a entenderlos, pero no nos obliga a negar lo que vivimos ni a minimizar aquello que nos hizo daño.  Podemos aceptar que alguien actuó desde sus limitaciones y, al mismo tiempo, reconocer las consecuencias de sus actos.  Comprender no es acusar. Tampoco es justificar. Es mirar con honestidad para dejar de repetir de manera inconsciente. 


La dignidad de una persona no depende de haber tenido una infancia perfecta. Tampoco desaparece porque todavía arrastre miedo, rabia, culpa o inseguridad. Nuestra historia explica muchas de nuestras respuestas, pero no define todo lo que somos. 


No somos únicamente lo que nos ocurrió. 


También somos lo que hacemos con ello cuando conseguimos verlo.


El espacio entre reaccionar y elegir 


Durante años pensé que avanzar consistía en exigirme más, controlar mejor y no detenerme. Tardé en comprender que muchas de las cualidades que los demás admiraban en mí también escondían formas antiguas de protección. 


Mirar mi infancia no cambió lo sucedido, pero me permitió comprender por qué continuaba reaccionando como si algunos peligros todavía estuvieran presentes.  No se trataba de quedarme atrapada en el pasado, sino de evitar que aquel pasado siguiera dirigiendo mi presente. 


De esa experiencia nació una forma diferente de mirar nuestros patrones: reconocer lo que se activa, aceptar sin juzgar la respuesta que hemos aprendido y comenzar a nutrir una manera nueva de relacionarnos con nosotros mismos. 


El cambio comienza en ese pequeño espacio entre la reacción automática y la respuesta elegida. 


Cuando sentimos la urgencia de agradar, podemos detenernos y preguntarnos qué creemos que ocurrirá si decimos que no. Cuando aparece la necesidad de hacerlo todo perfectamente, podemos observar de qué intenta protegernos esa exigencia. Cuando un conflicto despierta un miedo desproporcionado, podemos diferenciar lo que realmente está sucediendo de lo que nuestra historia teme que vuelva a suceder.


No siempre podremos evitar la primera reacción. Pero sí podemos aprender a no obedecerla automáticamente.


Crecer también es volver a elegir 


Sanar no consiste en borrar el pasado, dejar de sentir o convertirnos en una versión impecable de nosotros mismos. Consiste en reconocer cuándo una respuesta antigua está intentando resolver una situación nueva. 


La persona complaciente puede aprender a poner límites sin sentirse cruel. Quien siempre se ha exigido más puede descubrir que descansar no le quita valor. Quien teme ser abandonado puede empezar a no abandonarse a sí mismo para conservar una relación. Y quienes están criando pueden ofrecer a sus hijos e hijas algo diferente sin necesitar hacerlo todo perfectamente. 


Quizá madurar no sea solamente acumular años, responsabilidades y experiencias. Quizá también sea acercarnos a la niña o al niño que fuimos y decirle: «Entiendo por qué aprendiste a vivir así. Gracias por protegerme. Pero ahora podemos elegir de otra manera». 


Nuestro pasado puede explicar por qué reaccionamos como reaccionamos. 


No tiene por qué decidir cómo amamos, cómo criamos, cómo trabajamos ni quiénes queremos llegar a ser.




Sobre la autora

Olga Fernández Txasko es escritora, Fulfillment Coach y creadora del Método RAN©. Autora de 14 libros, acompaña a personas y profesionales a reconocer los patrones aprendidos durante la infancia para que puedan dejar de reaccionar desde ellos y comenzar a elegir cómo quieren vivir.




Fuentes de consulta:

1. Centers for Disease Control and Prevention. About Adverse Childhood Experiences. https://www.cdc.gov/aces/about/index.html 

2. Center on the Developing Child, Harvard University. Toxic Stress. 

 
 
 

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