top of page

Amor en tiempos de WiFi

Isaac Orviz
hace 5 días
3 min de lectura

En algún momento entre la invención del ghosting y el auge del brunch emocional, las relaciones dejaron de ser vínculos para convertirse en proyectos temporales de validación mutua con estética bohemia. Hoy, estar en pareja no es tanto amar como gestionar, medir, redactar límites y, por supuesto, evitar comprometerse más de lo estrictamente necesario.


Las parejas modernas no rompen: se disuelven, como un azucarillo en un café tibio. Porque el compromiso —ese concepto casi medieval— se ha vuelto una amenaza a la sagrada independencia emocional. Amar de verdad es visto como una traición al yo. Como si entregarse fuera una forma de perder estatus dentro de la élite del individualismo afectivo.

“Estoy trabajando en mí mismo” se ha convertido en el salvoconducto universal para no construir nada con nadie. Y, si por casualidad se construye algo, hay que mantener una distancia segura, emocionalmente ventilada y decorada con términos como “poliamor ético”, “relación líquida”, ‘no-monogamia emocionalmente sostenible’ o ‘códigos consensuados con cláusula de escape rápida’ —como contratos emocionales redactados por un abogado borracho de Tinder”. O lo que antes se conocía como “hago lo que quiero, pero con menos culpa”.


Estas parejas duran lo que tarda la emoción en convertirse en rutina. Y como la rutina no genera dopamina, se descarta. El otro se vuelve “tóxico” por el simple hecho de haber pedido más de una cita sin filtros. Porque si algo incomoda a la pareja moderna es la profundidad: esa cosa molesta donde uno tiene que mostrarse de verdad y, peor aún, aguantar al otro cuando no está en modo “persona inspiradora”.


La fragilidad de estas relaciones no es casual: viene envuelta en discurso bonito. “No soy yo, es mi proceso”, “te quiero mucho, pero en este momento quiero quererme más a mí”, “necesito explorarme para poder explorar contigo”. Frases que suenan espirituales, pero que en realidad significan: me apetece estar solo hasta que me vuelva a apetecer no estarlo. O simplemente: “me acabo de cruzar con otro u otra con quién me apetece más estar”.


Y por supuesto, hay que reinventarse constantemente. El aburrimiento es el enemigo. La monogamia suena a castigo. Así que se incorporan todo tipo de estrategias para “mantener viva la chispa”: tríos que acaban en discusiones filosóficas sobre los celos, juegos que requieren manual de instrucciones y sesiones que parecen grabaciones de casting para plataformas que no vamos a nombrar porque seguimos siendo personas decentes. Porque sí, otra moda notable es grabarse. Grabar la intimidad, grabar el morbo, grabar el amor con luz LED y trípode articulado. Ya no basta con vivirlo: hay que tener archivo audiovisual, como si cualquier relación pudiera aspirar a ser un contenido de pago o una carpeta en la nube. No por voyerismo, sino por branding personal.


Y lo mejor es que, si las cosas no funcionan, no pasa nada. Siempre puedes cerrar el ciclo con una publicación tipo “agradecida por este viaje emocional, aprendimos mucho”, con foto de ambos abrazados, como si la relación hubiera sido una colaboración profesional con playlist en Spotify, plan de huida emocional y términos de uso no consensuados.


Así que sí, las relaciones hoy son libres, modernas, abiertas, dinámicas... y profundamente vacías. Todos quieren sentirse amados, pero nadie quiere amar primero. Todos quieren una conexión real, pero sin exposición, sin esfuerzo, sin permanencia. Como si el amor fuera una app de comida rápida: con opción vegana, sin compromiso y con entrega inmediata. Y por si alguien se ofende, tranquilos. No es personal. Es un ensayo. O como dirían algunos: es solo una narrativa desde la cual transito mis emociones sobre la complejidad vincular actual.


Y como diría Groucho Marx, si viera una pareja actual organizando un trío terapéutico con música de fondo y consentimiento firmado en PDF: “Nunca olvido una cara... pero con algunas relaciones modernas, sinceramente prefiero hacerlo.” Y si no te convence Groucho, entonces quizá lo haga Woody Allen, que al menos siempre tuvo la honestidad de admitirlo: “Las relaciones son como tiburones: si no avanzan, mueren. Y creo que lo que tenemos aquí es un tiburón muerto.”


Eso sí, al menos aquel tiburón murió intentando amar, no intentando ajustar la cámara frontal. "Y si el amor es eso, un reality emocional con estética de marca personal... entonces quizá lo mejor que podemos hacer es apagar la cámara, cerrar la app y, por una vez, mirar a alguien sin filtros."

 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page