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Vivimos en una época extraña

  • Rocio Lozano
  • hace 3 días
  • 2 min de lectura

Actualizado: hace 2 días

Rocio Lozano



Hay días en los que parece que el mundo se está volviendo loco.


Abrimos Instagram y alguien está peleando. Entramos a X y todos están enojados. Prendemos las noticias y pareciera que absolutamente todo va mal. Nos preocupa la política, la inseguridad, la economía, las nuevas generaciones, la inteligencia artificial, las redes sociales, el futuro de nuestros hijos… y probablemente otras quince cosas que ni siquiera sabíamos que debían preocuparnos.


Vivimos en una época extraña.


Nunca habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo, tanta gente se había sentido tan sola. Tenemos acceso a prácticamente toda la información del mundo desde un aparato que cabe en nuestro bolsillo, pero cada vez nos cuesta más mantener una conversación sin voltear a verlo. Queremos tener opinión sobre todo. Y además queremos tenerla rápido.


Parece que ya no hay mucho espacio para decir: “no sé”, “déjame pensarlo” o incluso “puede ser que tengas razón”. Las redes nos han acostumbrado a dividir el mundo entre buenos y malos, correctos e incorrectos, los que piensan como yo y los que claramente “no han entendido nada”. Nos indignamos rápido, juzgamos todavía más rápido y, muchas veces, conocemos una historia completa después de haber visto un video de cuarenta segundos.


Y sí, creo que tenemos un problema. Pero también creo que sería injusto quedarnos solamente con eso.


Porque esta misma sociedad que criticamos está llena de cosas extraordinarias.

También vivimos en una generación que habla de salud mental como probablemente ninguna otra lo había hecho. Una generación que cuestiona injusticias que antes simplemente se aceptaban. Tenemos jóvenes creando empresas desde una computadora, personas contando historias que hace veinte años jamás habrían encontrado un espacio donde ser escuchadas y comunidades enteras movilizándose para ayudar a alguien que ni siquiera conocen.


Tenemos acceso a libros, cursos, universidades, expertos, testimonios y culturas que antes parecían lejanas. El problema quizá no es tener demasiado. Quizá el verdadero reto es aprender qué hacer con todo eso. Porque podemos usar las redes para compararnos o para inspirarnos. Podemos utilizar nuestra voz para destruir a alguien o para defender una causa. Podemos vivir pendientes de la vida de los demás o podemos utilizar estas herramientas para construir la nuestra.


Y ahí está la parte esperanzadora: todavía podemos elegir.


No podemos controlar hacia dónde va el mundo entero, pero sí podemos decidir qué tipo de personas queremos ser dentro de él. Podemos escuchar antes de responder, dejar el celular mientras alguien nos cuenta algo importante, cambiar de opinión sin sentir que perdimos una batalla. Podemos intentar entender a alguien que piensa distinto.

Podemos volver a interesarnos por las historias detrás de las personas.


Tal vez nuestra sociedad no necesita más gente gritando quién tiene la razón.

Tal vez necesita más personas dispuestas a escuchar, preguntar, crear, escribir, conversar y reconocer que casi nada en la vida es completamente blanco o completamente negro.

Porque quizá no todo necesita terminar en un punto.


 
 
 

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