¿Qué sobrevive del viaje?
- Gabriela Carrasquel
- hace 1 día
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Con la llegada de la madurez, nos descubrimos preguntándonos qué es lo que realmente
permanece de nosotros cuando la vida acaba. A menudo nos distrae la prisa por acumular
logros, objetos o títulos, creyendo que en ellos se sostiene nuestra huella. Sin embargo, al
despojar el viaje terrenal de todo lo superficial, queda una verdad serena: lo único que
trasciende al tiempo son nuestras acciones, la forma en que amamos y la huella humana
que dejamos en los demás.
En medio de lo efímero, vale la pena detenerse y reflexionar: Al final de este camino, ¿qué
huella habremos dejado en los demás?
El siguiente poema nace de esa reflexión introspectiva; de preguntarnos qué elegimos ser
en esta vida y qué legado decidimos dejar tras de nosotros.
¿Qué sobrevive del viaje?
Se detiene el reloj de nuestro caminar,
un último suspiro de la vida
que busca en el silencio su lugar.
Yace un cuerpo tibio en la pronta despedida,
el eco de una voz enmudecida
y así se fue el soplo que la luz
nos prestó un día.
En un fulgor final, la mente abraza
el roce de la risa y del afecto,
aparece el brillo de la dicha acumulada.
Un último estallido en las entrañas,
un estremecimiento desmedido,
el impulso que da paso a la quietud.
Al final de este mundo terrenal,
¿Qué sobrevive del viaje?
El legado en la mente de los otros.
Esa huella en el alma que nos define:
seremos faro o sombra,
semilla o espina.
Pues la verdadera inmortalidad
no reside en el cuerpo que se apaga,
sino en la mente de quien nos recuerda.
Gabriela Carrasquel


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