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El coste de mirar distinto

Antonia Saavedra Diaz
hace 3 días
5 min de lectura

Aquella tarde, con el mini-market vacío, Mari Estrella ordenaba la sección de papelería bajo la vigilancia de Narciso, su loro verde y azul, experto en estorbar y repetir las últimas palabras que oía, y de vez en cuando recuperaba alguna aprendida en otro momento. Entre dos cuadernos encontró un libro de tapas rojas que no recordaba haber visto. Una línea de polvo dorado recorría el borde inferior.

—¿De dónde ha salido esto? 

—Esto.

—Contigo se avanza muchísimo. 

—Muchísimo.


Como nadie había entrado en cuarenta minutos, Mari bajó la persiana, se sentó detrás del mostrador y empezó a leer. Narciso aterrizó a su lado e intentó levantar la tapa con el pico. 

—No lo rompas. 

—Rompas.


En el país rodeado por el mar Coloso, al noroeste estaban las llanuras de los magos; al norte, el lago de las sirenas; y, más allá de la bahía de los piratas, la isla de las Damas Blancas. Entre ellas vivía Rosalinda, de piel pálida y magia antigua. La princesa Casilda, hija del rey Segismundo, la observaba con una atención que se parecía menos a la admiración que a un inventario.

—Otra guapísima. Qué novedad. 

—Guapísima —repitió Narciso, contemplándose en el espejo. 

—Tú no necesitas que nadie te anime.


Las Damas Blancas rejuvenecían en el lago Deli gracias a un pacto con las sirenas. Pero Selena, una joven sirena, se enamoró de un viajero, tomó forma humana y se llevó sin saberlo el poder del agua. La más anciana de las Damas entró en el lago y se deshizo en miles de gotas luminosas. 


Mari releyó el párrafo. Le interesaban esos instantes en que una decisión privada se convierte en desgracia colectiva. 

—Una se enamora y se hunde todo el sistema. 

—Sistema —repitió el loro mientras se afilaba el pico en la madera del posadero.

La muerte desató la furia de las Damas Blancas. Una tormenta cayó sobre el lago y las sirenas pidieron ayuda a Segismundo. El rey consultó a Casilda.

 —Es asunto de mujeres. Yo me encargo —dijo la princesa. 

Mari resopló. 

—Siempre aparece un «asunto de mujeres» cuando alguien necesita que una mujer arregle el desastre.

—Mujeres.


Casilda partió hacia los pantanos del nordeste, donde unas brujas podían devolver el poder al lago. Pensaba entregarles a Rosalinda a cambio de su ayuda, convirtiendo su vida en el precio de la salvación de los demás. Casi todos los sacrificios parecen razonables cuando quien decide no es quien debe afrontarlos.

—Qué fácil es entregar a otro. 

—Otro.


Para llegar a los pantanos atravesó el bosque de los faunos. Bajo un techo de cristal, entre música y vino, su comitiva olvidó la misión durante tres estaciones; algunos hombres quedaron dormidos entre los árboles. 

—Eso ya no es una fiesta, es empadronamiento. 

—Fiesta —repitió Narciso, balanceándose en el posadero.

Después cruzaron las montañas. Un trol los encerró en una cueva y abrió la roca con su mazo. El torrente subterráneo arrastró a todos salvo a Casilda.

Unas hadas voladoras salvaron a la princesa y aceptaron llevarla a los pantanos a cambio de su cabellera. Casilda, que había atravesado medio reino dispuesta a entregar a Rosalinda, pidió contemplar una última vez su pelo al amanecer. Esa noche huyó. 

—Ah. Rosalinda sí, pero el pelo no. Ahora lo entiendo.


Entre las letras apareció una fibra verde y azul. Narciso arrancó una pluma suelta de su pecho y la dejó caer sobre ella; durante un segundo parecieron una sola. Cuando intentó recolocársela, la pluma quedó suspendida antes de bajar lentamente. 

Casilda caminó sola hasta caer agotada. Segismundo pidió ayuda a los caballeros de las dunas y al Gran Mago de la Llanura. El mago la localizó con su esfera y Roldán, vencedor de un dragón de ocho cabezas, la rescató. 

—Hay gente que tiene un problema y gente que colecciona departamentos —murmuró Mari. —Mari Capitana —soltó Narciso, golpeando dos veces el posadero con el pico.

Casilda volvió distinta a palacio. Había conocido el hambre, el miedo y la pérdida. Comprendió entonces que Rosalinda no era una moneda de cambio, sino una persona, y que ningún sacrificio puede considerarse justo cuando niega la dignidad de quien debe pagarlo.

—Pues al final pudo con la envidia —dijo Mari—. Era comprender al fin que el dolor ajeno vale tanto como el propio.

—El loro silbó, después se posó en el hombro de Mari.

El Gran Mago ayudó a Rosalinda a salir de su tristeza; Selena devolvió al lago su poder y pudo vivir en tierra con el viajero; las Damas Blancas regresaron a su isla y las sirenas recuperaron la calma. Casilda se casó con Roldán y las hadas acudieron a la boda. Las crónicas proclamaron la paz, aunque ninguna contó quién había estado a punto de pagar por ella.


Mari cerró el libro. Algo se deslizó entre las páginas. 

—Y fueron felices. 

—Felices. 

—Eso dicen. 

Los finales felices le daban desconfianza porque solían llegar cuando quedaban pocas páginas para comprobar cuánto duraban. Buscó el nombre del autor del relato pero no había autor, editorial, fecha ni precio; solo una marca pálida, larga como una pluma.

Un golpe sonó al fondo de la tienda. Narciso voló hacia los lácteos y Mari lo siguió. Sobre el suelo había un rastro de polvo dorado que terminaba junto a una pluma verde y azul. 

—Ni se te ocurra tocarlo. 

—Tocarlo. 


El loro hundió el pico en el polvo. Una nube dorada quedó suspendida entre ambos; Mari creyó ver dentro una mano diminuta. Narciso estornudó. 

—¡Achís! 

—Eso sí que lo has aprendido rápido.


La pluma estaba fría y húmeda, aunque era la misma que Narciso había intentado colocarse en el pecho. De vuelta al mostrador, Mari vio el libro entreabierto. En las últimas páginas había una marca dorada del tamaño exacto de la pluma. Al acercarlas, las fibras comenzaron a hundirse en el papel. 

—¿Pero y esta pluma?

—Pluma replicó Narciso. 

—Sí. Pluma.


Narciso recuperó la pluma y volvió al espejo. Levantó un ala, pero su reflejo no lo imitó. Seguía mirando el libro. Mari pensó en Casilda, en Rosalinda y en la facilidad con que todos juzgaban razonables los precios que debían pagar los demás. Tal vez mirar distinto consistiera precisamente en dejar de ver a los otros como personajes secundarios de nuestra propia historia y comprender que lo más humano era asumir el coste de nuestras decisiones, en vez de dejar que siempre fueran otros quienes pagaran. 

Delante tenía una pluma que había estado en dos lugares y un loro empeñado en recuperar lo suyo.

—El coste de mirar distinto —murmuró. 

—Distinto.


Mari cerró el libro. Desde dentro llegaron dos golpes suaves, semejantes al picoteo de algo contra la tapa. Narciso cogió la pluma. Y desde el pasillo de los lácteos, donde no había nadie, algo estornudó y dijo con su misma voz. 

—Distinto.

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