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¿Cómo se llamaban tus amigas?

Matías Campaña
6 oct
3 min de lectura

Volví a casa de mis padres un sábado después de cuatro meses sin ir.  

Mi madre me abrió la puerta antes de que tocara el timbre. Me abrazó, me invitó a entrar y,  mientras dejaba las llaves sobre una mesita en el recibidor, me dijo que había hecho arroz con  pollo. 

—¿Te quedas a almorzar? 

Miré la hora. 

—Sí, pero no mucho. Tengo que hacer unas cosas en la tarde. 

—Bueno. 

Mi padre estaba frente al televisor del salón. Levantó la mano a manera de saludo sin apartar  la vista de la pantalla.  

—¿Qué ves? 

—El partido. 

Me senté a su lado unos minutos. Era una repetición de un partido de hace una semana. Mi madre apareció desde la cocina. 

—¿Quieres café? 

—No, gracias. 

—Hay jugo. 

—Bueno, un poco. 

Mientras me servía, me di cuenta de que tenían un refrigerador nuevo.  —¿Qué le pasó al otro?  

—Que tenía tu edad. Hay que cambiar las cosas.  

Me preguntó por mi trabajo. Le dije que me habían ascendido a gerente de la compañía y que  me habían asignado más responsabilidades, incluso que habría días en los que saldría más  tarde. Mi padre, que había apagado el televisor y se había unido a nosotros, me preguntó  cuánto me pagarían.  

—Tampoco descuides tu vida. —Me dijo.  

Hablamos del supermercado, del precio excesivo de las cosas y del tráfico.  

Yo conocía esa casa de memoria. Sabía dónde estaban guardados los vasos, qué puerta había  que cerrar más fuerte, si no, no se cerraba y qué interruptor nunca funcionó. Mientras ellos  hablaban, me di cuenta de que conocía más la casa que las dos personas que vivían en ella. 

Mi padre salió un rato al patio. Al rato, escuchamos un ruido metálico.  

—Es tu padre, en su taller.  

Salí a ver. Cuando era niño, no había taller. 

Lo vi en una pequeña caseta, que no recordaba. Ahí estaba inclinado sobre una mesa pequeña,  rodeado de herramientas y tornillos.  

—¿Y esto? ¿Qué estás haciendo? 

—Arreglando esto. Es un pequeño taller que mandé a construir.  

Me mostró un reloj de pared. 

—¿Desde cuándo sabes hacer eso? 

Se rio. 

—No sé hacerlo. Estoy aprendiendo. 

Había empezado hace unos meses. Se encontró tirado junto al basurero un reloj que ya no  servía y había buscado unos videos para intentar repararlo. Compró algunas herramientas y  empezó a arreglar otros relojes viejos que encontraba en la casa.  

Señaló uno sobre la mesa. 

—Ese era de tu abuela. 

Lo reconocí. Había estado durante años en la sala. 

—Pensé que se había perdido. 

—Estaba guardado. 

Cuando entramos de nuevo, mi madre estaba hablando por teléfono con una mujer llamada  Elena. Habían ido a tomar un café juntas la semana pasada.  

—¿Elena? 

—Sí, Elena. 

Me explicó que la conocía antes de que yo naciera. Yo no sabía nada de ella y me sorprendió  que mi madre aún se reuniera con amigas de tantos años atrás.  

Después de almorzar, pasé frente al cuarto que había sido mío. La puerta estaba abierta y vi  una caja encima de la cama.  

—¿Y eso? 

—Tus cosas. 

Mi madre entró al cuarto y la abrió. Dentro había cuadernos, fotografías, una camiseta y varias  hojas. Tomé una al azar.  

Era un dibujo que había hecho cuando tenía quince años. No recordaba haberlo guardado. —¿Por qué lo guardaste? 

—Porque me gustaba. 

Después sacó una fotografía en la que se me veía junto a tres amigos.  

—Esta es del último día de clases.  

—¿Tú cuándo eras así? —pregunté.

—¿Así cómo? 

—No sé. Más joven. 

Se rio. 

—Hace bastante. 

—¿Y qué hacías? 

Mi madre pensó un momento. 

—Trabajaba. Salía con mis amigas. Tu papá y yo íbamos mucho al cine. 

—¿Sigues viendo a tus amigas? 

—A algunas. 

—¿A Elena también? 

—Sí. 

Asentí. Quise preguntarle quiénes eran las otras, pero me pareció que llegaba demasiado  tarde.  

Mi madre cerró la caja. 

—¿Te llevas algo? 

—No. 

Regresamos al salón. Mi padre se había instalado frente al televisor de nuevo y había dejado el  reloj sobre la mesa.  

—¿Ya te vas? —preguntó. 

Miré la hora. Habían pasado casi cuatro horas. 

—Sí. Tengo que hacer unas cosas. 

—Bueno. 

Mi madre apareció con una bolsa. 

—Te puse comida para mañana. 

—No era necesario. 

—Ya estaba hecha. 

En la puerta, me abrazó. 

—Avísame cuando llegues. 

—Sí. 

En el viaje de regreso a mi casa, pensé en el reloj de mi abuela, en Elena, en el dibujo que mi  madre conservó tantos años y en todo lo que había sucedido en aquella casa mientras yo  estaba más ocupado con mi vida. 

Cuando llegué, guardé la comida en el refrigerador y saqué el teléfono. Abrí la conversación  con mi madre para decirle que había llegado. Me quedé mirando el teléfono unos segundos.  

Después escribí: 

«Mamá, ¿cómo se llamaban tus amigas del cine?»

2 comentarios

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Tyfa
07 oct
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Porque detrás de un silencio muchas veces hay palabras que solo están esperando sentirse seguras para salir. ME ENCANTO !!

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David
07 oct
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Bonito mensaje detrás del relato.

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